No tocarte

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Hoy día las ciudades han avanzado mucho. No todas al mismo ritmo, claro, pues eso depende de muchos factores. Pero la digitalización, en mayor o menor medida, va calando por todo el planeta… cada vez más urbes intentan convertirse en Smart-cities, mientras que otras apuestan por la innovación y por tener espacios más amigables o “vivibles” para el ser humano.

Eso es el presente. Pero si nos remontamos 15 o 20 años atrás, viajar al nordeste de Asia era sinónimo de viajar al futuro. Recuerdo con fascinación algunos de mis primeros viajes a Tokio, a Shanghái, a Seúl… La diferencia era tan abismal respecto a España que todo parecía como de  ciencia ficción. Rascacielos interminables, puertas, grifos y luces que se activaban solas, trenes que viajaban a una velocidad endiablada que apenas se percibía en los vagones, y mil detalles más que mi retina captaba y mi cerebro tardaba en procesar. ¡Todo era  futurista!

Lo más interesante era que, por muchas veces que volvieras, nunca te lo acababas. Porque aunque te hubieras familiarizado con algo, a la siguiente vez igual ya no existía… o lo habían modernizado. La velocidad de los ciclos de cambio me parecía vertiginosa, y la obsolescencia de las innovaciones, a veces se me antojaba casi inmediata.

Por ejemplo, recuerdo que en una de mis primeras visitas a Corea pude visitar KAIST, el centro de innovación tecnológica universitario más prestigioso del país, donde pude ver ejemplos de domótica muchos años antes de que esa tecnología empezara a llegar a las casas. Cómo me asombraba que pudieras llamar por teléfono a tu casa, el interlocutor era la casa en sí, y pedirle que activara el aire acondicionado, bajara las persianas o cualquier otra de las múltiples funciones que hoy día conocemos.

Y al venir a Corea me pasó igual. Los primeros años me entretenía muchísimo investigando dispositivos tecnológicos inexistentes en nuestro país. En muchas cosas ya me parecía como vivir en el futuro, y no es una mera opinión personal: muchos de los que vienen por primera vez a Corea necesitan un tiempito para asimilar cómo funciona todo y no tener un “shock tecnológico”, jaja. De hecho, ayer mismo salió la noticia de que Seúl figura entre las principales ciudades inteligentes del planeta, según un reciente índice de Smart-Cities.

Al margen de la tecnología, por esta zona ya había mucha ventaja en dicho ámbito. Primero, porque la gente estaba ya muy familiarizada con el uso de las mascarillas, por ejemplo. De hecho la elevada contaminación de las grandes urbes obligaba ya a llevarlas mucho antes de la pandemia, durante bastantes  días al año. Por cierto a nadie le extrañó, aunque resulta igual de incómodo para todos, ver a la gente con mascarilla por la calle, todos los días y a todas horas.

Pero además, otro factor que ayudó enormemente al respecto es cultural. Y es que muchos países de Asia evitan el contacto físico interpersonal, al menos en la calle. Por ejemplo, a la hora de saludarse, hablo de antes del corona, nadie se da la mano, ni dos besos, ni abrazos. Si te encuentras con alguien por la calle, siempre se guarda una distancia prudencial, uno frente a otro. Y si por ejemplo vas a comer con alguien, al terminar te despides igual: de pie, uno frente al otro, con un gesto de saludo. Si es un almuerzo de trabajo se hace una pequeña reverencia, una venia, y es suficiente. Si vas con amigos o gente de más confianza, pues la gente agitará las dos manos.

Como ese tipo de saludo me parecía un poco frío, un día le pregunté a una amiga: ¿entonces, cómo se distingue cuando te lo has pasado realmente bien? ¿Cómo te despides de alguien tras una velada maravillosa? Y la respuesta me hizo soltar una sonora carcajada: pues agitas las manos más tiempo y con más fuerza, jaja… la verdad es que al principio me parecía un poco raro… pero ahora el raro soy yo, porque si alguna vez vuelvo a España, ya tengo el gesto integrado y hago pequeñas reverencias al entrar en cada comercio, al saludar a alguien, aunque sea familia o amigos, y si intentan dar dos besos me quedo parado, y he propiciado varias cobras involuntarias, jaja.

Resulta interesante, al menos a mí, observar qué proporción de contacto existe en las distintas culturas. Por ejemplo, cuando llegué al país era algo extrañísimo ver a una pareja besándose en la calle. Y de algo más ya ni hablamos… jaja… Esto definitivamente es un tema cultural, y aunque a veces en las zonas universitarias se ve “algún piquito furtivo” por ahí, en Corea no esperes ver una pareja besándose apasionadamente por ninguna parte en público.  Y si vienes a visitar el país, mejor que respetes esa norma, o probablemente te llevarás algún paraguazo de alguna abuela o una reprimenda de cualquier persona, además de pasar por el cliché de “extranjero irrespetuoso y totalmente maleducado”.

Incluso más allá del contacto físico, la gente evita otros tipos de contacto. Por ejemplo, a la hora de pagar, la gente ya no intercambia billetes (yo ni recuerdo la última vez que llevé un billete físico en la cartera), y muchos ya ni siquiera usan tarjeta de crédito de plástico: va todo integrado en el móvil, que próximamente incluirá también el DNI, el carné de conducir, etc. Y como en Corea no se usan llaves, pues es normal ver salir a la gente solo con una cosa en la mano: el inseparable móvil. De seguir a este ritmo, uno se pregunta cuánto falta para que nos lo implanten en el cuerpo… personalmente no me apetece nada, y creo que lo evitaré, pero no descarto que pronto surjan prototipos, si ya hablan de chips en el cerebro, llevar “el móvil puesto” será cuestión de tiempo.

Recientemente, también me sorprendió un servicio recién estrenado – por ahora en modo piloto, aunque aquí todo lo que entra en pruebas enseguida está funcionando- llamado “Tagless” que permite subir al autobús sin siquiera acercar la tarjeta al dispositivo, sino que el propio sistema detecta tu móvil y te cobra el trayecto. O sea, que te subes al bus “como sin pagar”, aunque si configuras el sonido de esa aplicación, notarás un “bip” o lo que sea, que acredita que acabas de pagar tu billete de autobús, pero sin mover ni una ceja.

Los avances tecnológicos están muy bien, y como os comentaba, cuando veo cosas así siempre pienso que vivo en el futuro. Pero… para los que somos de corazón latino… ¿cómo conjugar el “no tocarse” con la necesidad de abrazos? Cuanto más grande es una ciudad, y más gente mora en sus calles, juraría que es la sensación de soledad es mayor, pues saberse solo pese a estar rodeado de 25 millones de almas, sin duda, genera mucha mayor frustración que si vives en un pueblo de 400 personas, por decir algo.

Y si sentirse solo era ya un mal crónico de nuestro tiempo antes del coronavirus – un mal universal, lamentablemente- la pandemia ha multiplicado el hambre de socializar, y los confinamientos la necesidad de piel. Paradójicamente, los datos indican que Seúl cada vez cuenta con más hogares unipersonales, creo que las últimas cifras ya apuntaban a un 50% del total…

Queremos estar tranquilos y que nadie nos moleste, pero a la vez necesitamos al resto. Quizá, la única derivada simple de esa integral doble que es conjugar el todo con la nada, sea acudir a la llamada del ser con la paciencia del abrazo necesario, con las vidas que sean precisas.


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