Robotizados

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Recuerdo con una mezcla de simpatía y nostalgia mi percepción de los robots en la niñez. Por aquel entonces solo teníamos a mano a Mazinger Z, que a todos nos fascinaba pero no dejaba de ser el protagonista de unos dibujos animados. También estaban R2-D2 y C-3PO, los dicharacheros y entrañables robots de La Guerra de las Galaxias, pero asimismo eran ciencia ficción.

Ese erial en materia de robotización permitía a nuestra imaginación corretear como a un artista por un lienzo en blanco de varios metros. Tanta nada implicaba que todo estaba por hacer.

En nuestra mente era todo posible, pero cualquier atisbo de un futuro robótico sonaba muy lejano, y todo lo inalcanzable se dejaba para el año 2000. Como solo repetir el nombre sonaba molón, parecía que el cambio de milenio traería una era futurista.

Pero no fue así. Nunca llegó el tan temido “efecto 2000” que bloquearía todos los ordenadores, y lo más parecido que recuerdo no llegaría hasta 2014, cuando Psy petó el contador de YouTube con su Gangnam Style. 😉

Tampoco despertamos el 1 de enero del año 2000 en una era futurista. Todo ese imaginario seguía perteneciendo al mundo de la fantasía y los humanos siguieron a lo suyo: que si las guerras, que si hacer dinero, que si pelearse por el poder… Con algunas variantes, podría decirse que seguimos con el mismo menú de los últimos dos mil años.

Pero poco a poco, sin rocambolescos anuncios, enigmáticas fechas ni grandes aspavientos, las máquinas (y no me refiero al pequeño electrodoméstico, sino a los robots) se nos van colando hasta la cocina.

Seúl a veces regala cielos azules como un anuncio de Don Limpio, y otras queda bañada en una bruma de color plomizo que la convierte en una ciudad distópica. Podría ser el escenario de las películas futuristas que estamos acostumbrados a ver… solo que es real.

Hay días en que ese tono ceniza queda machihembrado entre el cielo y los rascacielos como los polos opuestos de un imán. Esos días, una boina recubre la ciudad y no hay nada que los humildes mortales podamos hacer al respecto. Esos días parecen el fin del mundo y, con los neones de fondo, son el perfecto escenario distópico.

Pero aunque estemos acostumbrados a asociar el futuro con paisajes tipo Mad Max o Blade Runner, lo cierto es que, de modo mucho más sobrio y a la chita callando, el futuro se cuela cada día por entre las rendijas de la sociedad.

Cada día nos desayunamos con algún nuevo invento que aprovecha “los juguetes” de lo que han dado en llamar la Cuarta Revolución Industrial, como el Big Data, la Inteligencia Artificial, la computación en la nube, los últimos estándares de comunicación, internet de las cosas…

Sin ir más lejos, el servicio postal de Corea presentó hace unos días un invento para repartir los paquetes de forma independiente. ¡Guau! Un servicio autónomo e inteligente de reparto postal. Solo decirlo impone. En realidad no tengo nada contra las máquinas, bueno, salvo contra los perros robot de Boston Dynamics que intentan vender como muy simpáticos, pero cuya sola presencia ya impone y a muchos asusta.

Pero tras esa primera capa de fascinación por todas las cosas que podrá hacer ese quiosco postal sin intervención humana, enseguida pensé: ¿y los carteros?

Por suerte no me salió el tono de “¿y la europea?”, jaja. Bromas aparte, en un minuto pensé en todo ese ejército de personas ataviadas con algo de color amarillo (en España), cuya presencia tan feliz me hacía cuando dejaban cartas manuscritas en mi buzón.

No quiero sonar viejuno, pero la verdad es que era otra época… ¿quién escribe cartas a mano hoy día? Si yo, que era una auténtica factoría epistolar, ya apenas escribo cartas a mano, imagino que el grueso de la tropa ni siquiera escribe “emails largos”.

Curiosamente, el otro día leía que los MZ (acrónimo que engloba a Millenials y a la generación Z, que aquí tienen la sartén por el mango en cuanto a tendencias de consumo), ya apenas habla por teléfono.

Aunque por edad no soy MZ, pensé en cómo asimismo me he acostumbrado a no hablar por teléfono. Y eso que al igual que en cartas kilométricas, en “mi histórico” tengo récords de llamadas de hasta 4 y 5 horas. Aunque las orejas te echaban humo, aún daba para escuchar la amenazante voz de tu padre de fondo: ¿Cuatro horas de llamada? ¡O cuelgas o te cuelgo!

Eso ponía punto final a la conversación, y tras un “tengo que dejarte o me cae la bronca”, se oía un clic seco. Pero por dentro bullían 5 horas de compartir ideas y emociones a fuego. Pero ahora, y pese a tener muchos más medios… ¿Dónde ha quedado esa interacción? No puedo hablar por el resto, pero en lo que a mí respecta, prácticamente se ha desvanecido.

Y no me imagino hablando con un robot, la verdad, pero… tal y como van las cosas, nunca se sabe. De hecho, los prototipos que están diseñando actualmente para la tercera edad, para los muchos abueletes que están solos por el mundo, además de tareas simples como recordar que se tomen la medicina o llamar a un número de urgencia, van más por ahí, por el aspecto de acompañar o mitigar la soledad.

Esto puede sonar lejano, pero el otro día intenté contactar con un servicio de atención al cliente, lo típico de “Le paso con un operador” y me tocó esperar casi una hora. Durante ese tiempo me insistieron machaconamente en desistir de hablar con una persona y en cambio intentaron mil veces reenviarme a la web o a hablar con un bot. ¿Cómooor?

Eso indica por dónde va la tendencia. Y eso que soy de la generación que sufrió los vericuetos de ese endiablado invento que son los call-centers, pero al paso que vamos, llegaremos a extrañarlos, pues hablar con una máquina por ahora es peor.

La semana pasada leí otra noticia similar, esta vez sobre un servicio de taxis auto conducidos que ya está en pruebas en el barrio de Gangnam y en otras zonas de Seúl. Dos clics más abajo, otra noticia narraba el enorme impacto que ha tenido la reciente huelga de camioneros al dejar pérdidas millonarias en menos de dos semanas.

Quizá algunos no vean la relación, pero enseguida pensé en cuánto falta para que carteros y taxistas se vayan de la manita a casa con los camioneros, pues igual que vemos taxis conducirse solos y paquetes que se auto reparten, también habrá camiones autónomos.

No es por hacer dramas pero, a los que tenemos un pie en cada milenio, nos sorprende ir a un bar donde un robot te prepara el café, comprar en una tienda sin dependientes, tomar un taxi sin conductor o enviar un paquete sin ver a ninguna “persona humana”.

Son solo algunos gestos cotidianos que, por ahora de modo inconexo y aparentemente inocuo, se van colando en todas las esferas sociales. Pero creo que no falta mucho para que esas inteligencias mejoren (en términos absolutos su aprendizaje es infinitamente más veloz que el de los humanos), y subrepticiamente sigan convirtiéndose en “la nueva normalidad”.

Quizá recibo mucha información de todas las novedades con la etiqueta de “Smart City”, pero en uno de esos plomizos días tipo fin del mundo, conectar esos puntos me llevó a esa peli tan bella como potente llamada ‘Mi vida sin mí’, de la cineasta Isabel Coixet.

Tan maravilloso título me viene al pelo para explicar la paradoja de – aparentemente- estar creando una mejor sociedad para los humanos… pero sin humanos. Al principio, “la excusa” de los robots era que evitarían las tareas más pesadas y tediosas, lo monótono, lo cotidiano. Vale, lo compro. En tareas como entrar en Fukushima a examinar material radiactivo, si hay que elegir, claramente parece mejor que se derrita un robot.

Pero de ahí a decir que el perro-robot de antes será de gran ayuda por sustituir al perro que pastorea las ovejas, no sé yo… Igual al perro de verdad le encantaba esa misión y además generaba un vínculo entrañable e inigualable con el pastor.

Espero no sonar “contra del progreso”. De hecho si vivo aquí es, entre otras cosas, por lo mucho que me fascina la tecnología. Por ejemplo, cuando voy al hospital y veo las increíbles cirugías que pueden hacer con un brazo robótico, no dejo de aplaudir a la ciencia.

Es solo que, en esos días plomizos, a los que se suman dos años y medio de pandemia y una horrible guerra de un solo hombre que nadie entiende, al ver cómo los oficios de siempre van perdiendo su alma, me pregunto si no estaremos abrazando de más, o a tontas y a locas, el reemplazo de personas por robots, por muy humanoides que sean.

Sin duda, el tema da para un prolijo debate. Para una de esas conversaciones de cinco horas o para una de esas kilométricas cartas que ya nadie escribe.

Quizá este escenario sea el futuro que nos aguarda, y no tendremos más remedio que convivir con él, seguir el signo de los tiempos… Solo espero que, si hay alguien al volante con algo de cordura, recuerde no llevarnos derechos a crear las condiciones perfectas “para una vida sin nosotros”.


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