¿Bap mogo?

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En todos los países la gastronomía es un factor cultural importante, pero en Corea la comida tiene un componente emocional y filosófico añadido. Recuerdo que al llegar a Corea todo el rato me preguntaban: ¿has comido?”. Y yo pensaba: qué raro. ¿Por qué me preguntarán tanto si he comido? Porque si no comiera… me moriría.

Realmente ignoraba el significado de “밥 먹었어요?” (¿Bap meogeosseoyo?), o en tono más familiar, ¿Bap mogo? (que suele traducirse como “¿Has comido?”.

Pero curiosamente incluye la palabra “bap”, que  significa arroz. O sea que, directamente, el sustantivo (arroz) se convierte en verbo para preguntare si has comido (arroz).

En coreano, como en cualquier otro idioma, hay expresiones que pueden resultar desconcertantes para un forastero. A muchos, al igual que me ocurrió a mí, les desconcierta la pregunta, pues piensas… ¿Me estarán ofreciendo comida? ¿Tendrán hambre? ¿Querrán ir a comer?  

Aunque al principio me resultaba confuso, en breve comprendí que solo era una forma de saludar, de mostrar interés o preocupación por el otro, equivalente a “¿qué tal?” o “¿cómo estás? o simplemente: ¡Hola!

Según me explicaron, Cuando Corea quedó devastada tras la guerra, era difícil conseguir comida. Entonces, para mostrar preocupación por el bienestar de alguien le preguntaban si había comido. Y aunque por fortuna ahora hay mucha comida, la frase se mantuvo como saludo o para mostrar interés por otros.

No sé si el origen proviene de ahí o es un poco “leyenda urbana”, pero hay muchas expresiones con la palabra ‘bap (밥)’, que aunque literalmente significa arroz, se traduce como comida, en general. Por ejemplo, cuando los padres regañan a sus hijos, quizá digan “¡No hay bap para ti!”.

O cuando salen de trabajar exclaman: “hoy me gané mi bap”. Y si alguien te está agradecido por algo, te dirá “¡Te compraré bap más tarde!”, o… si no has cenado, quizá escuches: “No deberías irte a dormir sin tomar bap”. Son expresiones comunes en muchos idiomas, pero sin la referencia al arroz, claro.

Normalmente, la respuesta esperada es “Sí, he comido”. Pero en Corea si alguien se salta una comida puede ser sinónimo de “tener problemas”,  y una respuesta negativa puede derivar en muchas preguntas para saber qué te preocupa.

Recuerdo claramente mi primera comida en Corea del Sur. Acababa de llegar al país, y apenas sabía nada de su cultura gastronómica. Entonces llegó una camarera con una bandeja XXL repleta de pequeños platillos de múltiples colores, y viandas como ensalada de pepino con sésamo, anchoas fritas, brotes de soja con ajo, huevos de codorniz hervidos, berenjenas al vapor, champiñones salteados, raíz de loto confitada, varios tipos de kimchi, y no sé cuántas cosas más.

Mis ojos se abrieron como si Scarlett Johansson se hubiera sentado en la mesa de al lado, aunque esto en Seúl podría suceder, pues The Avengers son asiduos en esta ciudad. 

Pero aunque Scarlett no apareció en toda la cena, ahí comenzó mi historia de amor con los banchan, esas diminutas pero pantagruélicas guarniciones que adornan el plato principal en la mesa coreana.

Los banchan normalmente se sirven al centro y se comparten entre todos los comensales como acompañantes del plato principal, pero como buen amante de los vegetales, si a veces el plato del menú diario no me convence mucho, me alimento solo de banchan (¡shhh! top secret, jaja).

En cualquier caso, en todo menú coreano hay tres cosas que jamás pueden faltar: arroz, sopa y kimchi. Tanto es así que, si a veces no me llevo la sopa del menú, pues suelen ser demasiado sabrosas y luego he de dar las noticias, o si no traigo el arroz, pues considero que ya tengo suficientes carbohidratos, la señora del restaurante sale literalmente corriendo detrás de mí y me persigue con el arroz y la sopa, jaja, pues le resulta inconcebible que no me lleve dos de los tres ingredientes básicos que – sí o sí- deben incluir religiosamente las tres comidas del día.

Hace solo unos años, la cultura y la cocina coreanas no eran muy conocidas en el mundo. Lentamente eso ha empezado a cambiar, pero muchos aún no están familiarizados con la filosofía y los valores comunitarios arraigados en la cultura gastronómica coreana, que resuenan especialmente en el mundo actual. En un momento que exige volver a reunirse, el ritual coreano de sentarse con los seres queridos en torno a una mesa para compartir sabrosas, viandas ofrece una oportunidad vital para la reconexión.

A medida que la cocina coreana ha empezado a popularizarse, sus complejos condimentos y sus audaces sabores ganan cada vez más adeptos entre los paladares occidentales, siempre hambrientos de nuevas singulares y experiencias. Pero la cultura culinaria coreana es mucho más que deliciosos sabores, pues esconde todo el significado de una vasta experiencia y siglos de costumbres. La tradición requiere tiempo y amorosa atención para preparar cada ingrediente, y encierra una filosofía que se refleja en la práctica de conectar con aquellos reunidos en torno a la mesa.

Personalmente, creo que la gastronomía coreana atesora tres principios. El primero es que la cocina tradicional usa métodos antiguos para conservar los ingredientes, a fin de disfrutarlos durante todo el año. Los productos fermentados son básicos en invierno, y sus condimentos no solo otorgan un sabor personal a la cocina coreana, sino que además poseen nutrientes esenciales, y tienen reconocidos beneficios para una buena salud digestiva. De entre ellos destaca el archiconocido kimchi.

Pero además, los coreanos ven la comida como una especie de medicina, o en otras palabras: la salud empieza en lo que comes. Aunque hay más alimentos fermentados, en el top del ranking siempre figura el kimchi, que no solo aporta fibra y probióticos, sino que favorece el sistema inmunológico y una microbiota saludable.

Además, la abundante presencia de marisco y pescado “buenos para el corazón” en la cocina coreana, o de un amplio espectro de verduras, hierbas o raíces – como el ginseng- contribuyen a una dieta nutritiva y equilibrada. Aunque también es famosa por su exceso de picante, algo que mi lengua sufre diariamente.

Pese a todo, si evitas “lo rojo” la comida coreana es bastante equilibrada, pues otros platillos, y también alimentos básicos como los caldos aromáticos, el arroz o las verduras, amplían el espectro gustativo y suavizan la dieta, ese equilibrado festín que nace del término “bapsang”, o mesa dispuesta para el disfrute compartido, un concepto coreano que es la base de toda buena comida.

Desde la antigüedad, el pueblo coreano ha creído que la comida y la medicina comparten el mismo origen y, por tanto, cumplen la misma función, siguiendo el dicho de que “la comida es la mejor medicina”.

Creen que tanto la salud como la enfermedad provienen de los alimentos que se consumen, pero también de cómo se consumen, idea que juega un papel esencial en el desarrollo de la medicina tradicional coreana, cuyo principio básico es recurrir a la medicina solo cuando la comida falla.

Los templos budistas coreanos han preservado sus propias tradiciones culinarias, creando una ingente variedad de platos e ingredientes vegetales, y con recetas que ofrecen las proteínas y sustancias necesarias para que los monjes se mantengan saludables pese a no comer carne. La cocina del templo es ahora “trending topic” entre los veganos, pero también entre aquellos que deben guardar dieta por motivos de salud

Estos principios de la gastronomía coreana atañen a algo más profundo que a la comida en sí, pues poseen un significado filosófico. Y en momentos de estrés, estos alimentos ayudan a reconectarnos tanto con nuestro cuerpo como con el mundo que nos rodea, así como a cuidarnos mediante alimentos nutritivos, algo de inmensa importancia.

La comida es un elemento esencial en Corea, o por decirlo de otro modo. es algo que, más allá de satisfacer el apetito y de ofrecer gratos momentos personales y colectivos al disfrutar de un menú o de un plato concreto,  o de ser un “ingrediente” turístico-cultural diferenciador, posee fuertes connotaciones, tanto por el significado de compartir los alimentos con otros, como por su valor nutritivo y emocional. Es algo arraigado, costumbrista y profundo, que convierte a la gastronomía coreana en todo un “alimento para el alma”.          

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