Narcisolandia

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A estas alturas, bien por las películas, el Kpop o el Kbeauty, creo que todos saben, o al menos intuyen, la importancia de la imagen en Corea.

Nada más llegar aquí, dos cosas llamaron poderosamente mi atención sobre el tema: la primera fue la gran cantidad de espejos que había por todas partes. La segunda, lo mucho que se arreglaba la gente, hasta para ir a trabajar. De hecho, y para mi sorpresa, mucha gente a las 7 de la mañana iba en el metro o el bus arreglada “como para una boda”.

No sé qué bien cómo funcionan las sinapsis del cerebro, pero de pronto esa imagen me retrotrajo a mi primera fiesta de Fin de Año con 16 primaveras, cuando todos nos “vestimos de largo” para aparentar más edad y poder colarnos en “las fiestas de los mayores”.

Aunque parezca una sinapsis extraña, mi cerebro hizo la conexión oportuna, pues mi trampantojo adolescente y esa imagen del metro seulita 30 años después, tenían un denominador común: la apariencia.

No necesité indagar mucho para entender la relevancia de la imagen en Corea. En todos los ámbitos. Diría que hay una especie de magma subcutáneo que, constantemente, segrega alguna sustancia tipo endorfina o dopamina aún no descubierta que llamaremos “guapinina”, cuya función es generar una perenne necesidad de estar guapo.

Y dije “estar” adrede, por los mil y un productos que la pantagruélica industria de la belleza y los infinitos e inabarcables establecimientos cosméticos ofrecen para “estar” o “verse” mejor. Aunque podría haber dicho “ser”, pues la oferta para transformarse – en sentido literal- es igualmente inconmensurable.

Pero… ¿de dónde surge esta fijación por la belleza? Si hacemos historia llegaríamos a Grecia, cuna del ideal de belleza clásico. De hecho, a muchos os sonará la “divina proporción” de Polícleto, un escultor que hacía las tallas de los atletas y para quien un cuerpo perfecto debía medir siete veces la cabeza. Por cierto, proporción que más tarde su colega Lísipo cambio a ocho veces. Por eso a partir del siglo IV a. de C., las esculturas empezaron a verse más estilizadas.

Cada sociedad y cada tiempo tienen o han tenido sus propios cánones de belleza. De hecho es curioso que la palabra canon, también griega, significaba “vara de medir”, aunque luego paso a usarse como unidad de medida en general.  Y no es de extrañar que Corea también tenga sus propios cánones.

Pero aquí la querencia por alcanzar esos cánones es tan extremadamente potente, que ha creado unos estándares que en muchas partes del mundo verían como inalcanzables.

Para empezar, hay un trasfondo cultural. Hasta hace relativamente poco, ignoro si esto ha cambiado con la pandemia aunque intuyo que algo sí, que las mujeres salieran a la calle sin maquillar era considerado una falta de respeto. Y desde la adolescencia, si no antes, ya en las familias les inculcan abundantes nociones – a veces acompañadas de una férrea disciplina- en cuanto a rutinas de belleza, junto con un vasto surtido de explicaciones sobre la importancia de “estar presentable” en todo momento.

Esa devoción por lucir una imagen impecable opera en todo tipo de situaciones, pero sobre todo a nivel laboral, en eventos sociales, al tener una cita, o en compromisos donde haya algún tipo de celebración o ceremonia, donde se asienta con naturalidad en esos “cánones de belleza en barbecho”.

Muchos quizá piensen: “la fiebre por estar guapos o verse bien tiene adeptos en todo el mundo”. Es cierto. Solo que aquí es omnipresente y se acepta con naturalidad en muchos ámbitos y, con frecuencia, hasta se convierte en manía.

En principio, y al margen de los gustos estéticos de cada cual, querer verse bien no debería suponer un problema. La cuestión explota cuando, el que desea estar bien, adopta como misión vital lograr un estándar que no “trae de serie”, pues podría pasarse la vida intentando alcanzar “la zanahoria que cuelga de un palo frente a sus ojos”. Es como intentar hallar agua donde no hay oasis: un puro espejismo.

Por otra parte están los que desisten de antemano, porque sus rasgos se alejan eones del concepto de belleza que prima en la sociedad, pues nunca podrán quitarse la carga de sentirse excluidos.

A decir verdad, el entorno no ayuda mucho, pues tanto la presión social como la industria de la belleza y de la publicidad te abrasan con mensajes, subliminales y no tanto. A cada paso te recuerdan que “debes verte mejor”, al tiempo que ponen – a tres clics de distancia y por un precio irrisorio, comparado con otros países- infinidad de tratamientos, cremas, inyecciones, cirugías y una inabarcable oferta de soluciones para remasterizarte en “tu mejor versión”.

Por arte de birlibirloque, se invierte la carga de la prueba y te toca demostrar a ti que realmente hiciste todo lo que estaba en tu mano para mejorar tu imagen… Pero ante tan abundante oferta eso sería como “la historia interminable”.

O sea que, si no “haces uso” de todos los recursos a tu alcance – cirugía incluida- para verte mejor, interpretarán que no te estás esforzando lo suficiente por “estar presentable” para la sociedad.

Claro que la pandemia ha cambiado la percepción sobre este tema, en parte porque las mascarillas permitieron a las mujeres relajarse por más de dos años y obviar “la tiranía del maquillaje”.

Previamente, en 2018, en Corea surgió un movimiento llamado “Escape the Corset” o “escapar del corsé”, donde algunas mujeres, cansadas de esa exigencia de “estar perfectas” en todo momento, optaron por renunciar al maquillaje, cortarse el pelo y llevar una imagen normal, pese al riesgo de ser “mal vistas” por la sociedad. Pero aunque todo está cambiando, creo que es un movimiento minoritario.

La mayoría de las mujeres, y cada vez más hombres, tiene completamente normalizado, por ejemplo, someterse a algún tipo de cirugía para verse mejor. De hecho, muchos padres obsequian a sus hijas con una “operación de doble párpado” como regalo al terminar la secundaria o el instituto.

La paradoja es que la influencia del confucianismo, que entre otras cosas consideraba pecado hasta cortarse el pelo, estuvo bien presente en Corea hasta no hace mucho… pero apenas en un siglo, las personas han pasado en masa a alterar voluntariamente sus rasgos físicos mediante cirugía.

De hecho, la Sociedad Coreana de Cirujanos Plásticos no surgió hasta el año 1985. Según esta entidad, Corea del Sur contaba con más de 2500 cirujanos plásticos en 2019, menos que los 6900 de Estados Unidos y que los 6000 de Brasil, pero un mayor promedio per cápita. Y el volumen de operaciones anuales ha llevado a Seúl a ganarse el sobrenombre de “capital de la cirugía plástica”.

Por recapitular, tenemos… Una desmedida obsesión por la imagen y el cuidado del aspecto personal que llega casi en la infancia y se retroalimenta sin fin con expectativas familiares, educativas y laborales.

Un ideal de belleza que ralla la perfección, y la creencia de que el respeto incluye arreglarse para otros. Una presión social por estar bien para lograr aceptación. Una extraña fijación por los idols, excelso modelo de perfección y belleza que asocian con éxito y dinero, factores que explicarían esa querencia a la réplica.

Como posibles motivaciones de este fenómeno, algunos expertos señalan a “una psique nacional que valora la perfección física”, mentalidad achacan al pasado colonialista y que concuerda con el deseo actual de los surcoreanos por encajar.

Otros describen la “piel de porcelana” como requisito de belleza por ser antiguo símbolo de estatus, pues como sociedad agrícola, las clases privilegiadas no trabajaban en el campo y tenían la piel más blanca.

Y otros van más allá de la mera imitación de los idols por fama y riqueza, y aseguran que se someten a cirugía porque su autoestima se basa en los otros, algo que deriva del colectivismo y contrasta, al menos en teoría, con el enfoque occidental que invita a cada uno a cultivar su propia estima.

Finalmente, y sin análisis tan profundos, hay quienes asocian esa necesidad de verse mejor con ese rasgo coreano de “buscadores de tendencias” (trends-seekers), que siempre les motiva a probar lo nuevo.

Al margen del motivo, lo que está claro es que el nivel de presencia – y de exigencia en cuanto a imagen- de la sociedad coreana es altísimo. Y tú… ¿hasta dónde estarías dispuesto a cambiar para ser aceptado?


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