Nunchi

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Cuando era un niño, si por casualidad tenía que acompañar a mi madre al banco, solo con entrar en la sucursal podía “percibir el ambiente”. Quizá suene raro, pero me bastaba ver quién estaba tras la ventanilla para saber si nos iban a atender bien o no. Era como un “juego interno”, en el que competía conmigo mismo para ver si ganaba.

Lo mismo me pasaba, por ejemplo, en la consulta del médico. Nada más entrar a la sala de espera, de un vistazo podía “percibir” el humor de cada persona. Creo que nunca le dije nada a mi madre, aunque a veces se asombraba de mi insistencia al tirarle del bolso para que nos pusiéramos en otra cola si la nuestra me daba mala sensación, o para que cambiáramos de asiento en la sala de espera.

Nunca supe bien qué era especie de “sexto sentido” que me avisaba anticipadamente “con quién me iba a entender” y daba por hecho que todo el mundo lo tenía.

Al crecer un poco más, a veces me sentía “algo raro” pues sentía me dolían o me afectaban cosas que solo yo parecía percibir, o por decirlo de otro modo, que… o el resto de la gente o no percibía… o bien no reaccionaban ante esa percepción.

Si alguna vez lo comentaba con algún adulto, pronto zanjaban la conversación diciendo “que era muy sensible”. Y tras ese abrupto diagnóstico, siempre venía la inefable recomendación de que tenía que “hacerme fuerte y curtirme” pues la vida era dura, y como tendría que “tragar muchos sapos”, cuánto antes me dejara de sensiblerías y espabilara, sería mejor para mí.  

Durante la adolescencia sobreviví como pude a esa “mezcla de don y martirio” que achacaba en parte a la edad, porque… tal y como su nombre indica, ¿a quién no le adoleció la adolescencia? Porque al menos tal y como lo recuerdo, al que no le dolía una cosa le dolía la otra.

Dicen que crecer conlleva sufrimiento, y que precisamente es ese dolor el que nos hace crecer. Personalmente hubiera preferido evitármelo pero, totalmente ignoraba que – años más tarde- esa “dosis extra de sensibilidad” se convertiría en “todo un superpoder para mí”.

Como muchas cosas en la vida, a veces, ese mismo lastre que nos impide avanzar en un momento dado, al soltarlo, puede ayudarnos “a volar”.

Literalmente no salí volando, menos mal, jaja, pero esa “dosis extra de percepción” me ha salvado de muchas pifias. Curiosamente, y tras incorporarla plenamente a mi “catálogo de haberes”, sentí que se desarrollaba a un ritmo trepidante y pasaba a otro nivel desde que llegué a Corea.

De hecho, al no conocer el idioma, tuve que empezar a “leer las situaciones” para subsistir en mi día a día. Lo que nunca imaginé es que en el vocabulario coreano había una palabra que describía, si no al cien por cien, si de modo muy aproximado ese rasgo de mi infancia: nunchi. Palabra que, por cierto, me sonaba a nombre de mujer. ¿Ha venido Nunchi? No, todavía no ha llegado, jaja

Mi jefa me explicó que normalmente el nunchi se define por defecto, es decir, se usa más para decir que alguien “carece de nunchi”. Entonces sentí tremenda curiosidad por saber más de esa palabra. Pero por sus explicaciones pensé que era una especie de “max-mix” entre sentido común, inteligencia emocional, perspectiva, olfato, perspicacia, contexto, empatía y saber estar. Bueno, esa es mi interpretación jaja

Si pudiéramos meter todo eso en una batidora, creo que nos saldría algo muy parecido al nunchi. Aunque para saber si me dejaba algún ingrediente o para tener una definición más precisa, decidí investigar un poco más. Entonces averigüé que nunchi (o noonchi) es un concepto coreano que alude al “sutil arte o la capacidad de escuchar y medir el estado de ánimo de los demás”. ¡Toma ya! Nada más, ni nada menos.

Los primeros registros en hanja (眼勢) datan del siglo XVII como nunch’ŭi, que ç significa “fuerza o poder ocular”. En la cultura occidental, nunchi podría asociarse con inteligencia emocional, pero aquí es muy importante en la dinámica de las relaciones interpersonales.

Literalmente se traduce como “medida ocular” y va ligado a un concepto más amplio de metalenguaje, como es la comprensión de tu estado de ánimo en relación con el de la persona con la que interactúas, o las habilidades necesarias para comunicarse de forma efectiva en una cultura de alto contexto.

El nunchi ha dado lugar a modismos comunes. Por ejemplo, de una persona “socialmente torpe” dirán que es nunchi eoptta que significa “ausencia de nunchi”. Por el contrario, si sienten el “kibun” de alguien, otra palabra coreana que se relaciona con el estado de ánimo, sentimientos y estado mental, se espera que el nunchi facilite la comprensión.

Aquellos con nunchi, recurren a señales no verbales para transmitir emoción y significado mediante el tono y el volumen de la voz o la entonación. Y por lo que he podido comprobar, muchas cosas quedan sin decir, quizá por eso afirman que es “el secreto de la felicidad”.

Los coreanos usan el nunchi para asegurarse de usar el enfoque correcto ante una cuestión concreta, una amistad, una relación, un problema en el trabajo, un negocio… Y si no tienen los datos suficientes como para formarse un criterio, a menudo recurrirán a un amigo común o a algún conocido experto en el tema. En realidad, no es un concepto fácil de explicar o comprender fuera de la sociedad coreana. Por ejemplo, usan la expresión “nunchi itda” o “nunchi ppareuda” para referirse a alguien ingenioso, capaz de entender una situación rápidamente, vamos, alguien con “nunchi ágil y don de fluir”.

Al llegar a este punto me surgió una duda: entonces… ¿el nunchi “se puede cultivar” o lo traemos de serie? O en otras palabras: ¿podemos esforzarnos por pulirlo o es algo innato, como el color de los ojos? Una vez más, la respuesta me la dio mi jefa, pues me contó que en Corea es algo que se enseña casi desde la guardería, pues los niños empiezan a “aprender nunchi” con tres años.

Me explico que el concepto se aprende tanto en casa como en el cole, donde los escolares aprenden a compartir las tareas de limpieza. En cierto modo, empiezan a comprender las consecuencias de sus actos y el respeto por el medio ambiente desde muy pequeños. No sé si esto deriva del confucianismo, del budismo o de la mera educación, y aunque no siempre opera al cien por cien, la sociedad coreana tiene una buena pátina de civismo y respeto, que puede apreciarse en muchos sencillos gestos.

En mi curiosidad por saber más del nunchi, topé con el libro de Euny Hong, “El poder de Nunchi: el secreto coreano para la felicidad y el éxito”. No voy a hacer espóiler, si alguien está interesado está a un golpe de clic. Pero sí comentaré algunas de las normas que la autora recomienda para entrenar nunchi o el “sexto sentido”.

Vaciar la mente. Normalmente nos aproximamos a cualquier tema, persona o país desconocido repletos de prejuicios y claro, eso mata cualquier posibilidad de abrirnos o conocer realmente a una persona, un paisaje nuevo o una interesante experiencia.

Segundo, observar. Piensan que toda estancia tiene un “boonwigi”: una atmósfera o nivel de bienestar, por así decirlo. Quizá suene raro pensar en una habitación como en un organismo “o un ser vivo que respira”, pero en cierto modo “lo es”: tiene su propia temperatura, presión barométrica, volumen, estado de ánimo… y muchos otros elementos en constante cambio.

Además, hemos de fijarnos en el contexto. Si entramos a una estancia, la autora invita a observar qué hacen los que ya están allí, además de comprender que nuestra presencia en sí ya modifica la escena.

Y también nos invita a aprender a callarnos. Recuerdo una fábula oriental en la que el maestro animaba al discípulo a hablar, solo cuando lo que tuviera que decir fuera “mejor que el silencio”. Siempre pensé que, si nos cobraran por cada palabra que decimos, mediríamos y procesaríamos mucho más toooodo lo que sale de nuestra boca.

Pero como es gratis, pues… ya se sabe, jaja… Pero si queremos potenciar el “nunchi”, mejor no desperdiciar ninguna oportunidad para quedarnos en silencio.

Entre otras recomendaciones llama a mantener siempre los modales (¿modales? ¿qué es eso? Recuerda a la prehistoria, ¿verdad?). Por ejemplo, la gente aquí no siempre dice lo que piensa directamente, pero forzar a alguien a hablar de frente puede crear una situación realmente tensa o incómoda. Por eso abogan por crear una situación o una atmósfera de confianza previa, un entorno adecuado para hablar, donde la gente se sienta cómoda para abrirse y abordar los temas.

Por último, consideran una virtud aprender a procesar los datos con celeridad, pues ayuda a obtener información ante una situación concreta. Como todo está en movimiento y, la estancia de hace diez minutos no es la misma de ahora. Hay que aprender a leer las coordenadas, pues creen que no sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta.

Pero el nunchi no es solo “algo agradable de tener”, como el oído musical o algún otro talento: en Corea es todo un medio de supervivencia y bienestar. Claro que a veces los errores involuntarios por “falta de nunchi” pueden generar anécdotas divertidas. No todo ha de ser serio o tan grave.

Pero igual que muchos van al gimnasio para mantener el cuerpo en forma, mediante estos consejos, la autora Hong propone “entrenar la intuición”. Para eso no hace falta chándal ni zapatillas. Tampoco hace falta estar de buen humor, ni ser rico o privilegiado.

De hecho, los coreanos dicen que el nunchi es “el arma secreta de los desfavorecidos”, pues tan solo requiere de ojos, oídos, y algo muy importante: la voluntad de prestar atención a la información que las personas o las situaciones ofrecen. Eso sí, a veces, conlleva el sacrificio de familiarizarse con la callada quietud del silencio.

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