Olores y sabores

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Cada país tiene sus olores y sabores particulares. A veces son muy marcados y otras veces no tanto. A veces incluso son singularidades de una zona o región concreta. Unos nos sorprenden más y otros menos.

Nuestro sentido del olfato y nuestras papilas gustativas realizan una especie de “selección natural” y de forma casi automática generan – en base a costumbres, gustos, paladar y muchos otros factores- atracción o rechazo.

Es algo bastante subjetivo: depende de cada persona, de la zona en la que residas o te hayas criado, de cómo has ido modelando tus gustos – o de cómo modulas los que traías de serie- y también de la capacidad de adaptación de cada cual.

En este punto ya interviene la razón o un proceso de decisión. Algo cognitivo o volitivo donde el individuo y sus memorias, filias o fobias olfativo-gustativas actúan.

Pero antes, en un escalón previo, cuando aún no ha dado tiempo a procesar nada, hay olores o sabores muy marcados “per se” que el cerebro detecta y procesa, dejando un registro sempiterno en alguna parte de nuestra memoria.

Os invito a hacer la prueba. Olvidaos del móvil por unos instantes. Ahora pensad en aquellos países o lugares visitados de los que tenéis un recuerdo olfativo o gustativo que os vino como primera impronta y os ha acompañado hasta ahora.

La intensidad de ese registro es tal que, al margen de dónde estemos, cada vez que nuestra pituitaria detecte un olor similar o nuestra lengua pruebe un sabor parecido, nos arrastrará como un remonte de esquí hasta el lugar o ingrediente que originó el recuerdo.

Así funciona la mente. Es una pena que ya no podamos preguntarle a Punset, aunque seguro que cualquier otro experto lo sabrá explicar mucho mejor que yo.

Pero volvamos al juego imaginario que os proponía… Cerrad los ojos y pensad por unos segundos (sin forzar mucho, es un ejercicio de repentismo) en qué olor o sabor asociáis de modo automático con algún país o una zona concreta.

En mi caso, recuerdo como si fuera ayer la primera vez que estuve en Cuba. Nada más bajar las escaleras del avión sentí un fuerte olor a nafta, un penetrante olor a combustible que lo invadía todo. Tardé casi un par de días en empezar a acostumbrarme…

Por fortuna, pronto descubrí que la menta fresca de sus deliciosos mojitos funcionaba como increíble antídoto.

Asimismo, recuerdo perfectamente el penetrante olor de la Medina de Fez, en Marruecos. Cualquiera que haya recorrido sus miles de callejones y haya estado en la zona de los curtidores, recordará el fuerte olor a tintes y pieles.

También me llega el densísimo olor a fritanga que despedían los “Fish & Chips” de Londres. Ese fue mi primer viaje al extranjero con solo 18 años.

Cuando tienes 18 años los olores importan poco. Pero… si tecleo la palabra olores en la “cajita de Google de mi cerebro”, uno de los resultados – no muy agradable, por cierto- son esos fritos.

Además me vienen muchos otros… unos potentes… otros agradables… también sumamente inspiradores… No voy a describir todos pero, solo en unos instantes, nuestro ejercicio mental me ha llevado a muchos países del mundo, invitándome a viajar y revivir esa ruta de recuerdos “olfativo-gustativos”.

¿Y qué olores o sabores predominan en Corea? Como decía antes, es un tema muy personal, pero… como primer recuerdo olfativo me viene un olor muy concreto que al principio no sabía ubicar, pero que luego identifiqué enseguida. De hecho, creo que podréis imaginarlo pues es una de las señas de identidad del país. Exacto: kimchi. Y según en que zonas, se entremezclaba con un fuerte olor a barbacoa.

Aunque me encanta y lo como a diario, pocos discutirán que tiene un olor muy peculiar, quizá por ser un fermentado. Pero como aquí se come a todas horas, y todos lo tienen en casa, pues… todos lo asumen. Al ser omnipresente, precisamente por eso, al rato deja de llamar la atención.  Es como despejar ecuaciones: este se va con este. Y ya está.

En otro contexto, también me sorprendió bastante el olor a ajo, muy presente en la gastronomía coreana, pues aquí comen mucho ajo crudo. Suele servirse en las mesas de las barbacoas, y aunque algunos lo doran, muchos lo comen crudo directamente.

En la gastronomía española también usamos mucho ajo, y de hecho me encanta. Solo que solemos evitarlo en reuniones o… encuentros románticos, no solo por el olor sino por el sabor de boca, por si acaso triunfamos en una cita, jaja.

Por eso me sorprendió que, al salir lose fines de semana, la gente se ponía morada de ajo en la cena. Sentía tanta curiosidad que un día le pregunté a un amigo: ¿pero… y si quedas con una chica y “surge algo”, cómo vas a darle un beso? Tras mirarme como si hubiera visto un oso con patines de hielo, y sin inmutarse, respondió: no pasa nada, ellas también lo comen. Fin del misterio.  

A partir de ahí comprendí que eran parte de la cultura y que no tenía que preocuparme por “esos olores”. Al principio, cuando no estás muy acostumbrado, te parece que te llevas todo el olor de la barbacoa a casa. Pero como todo el mundo huele igual, pues el viernes por la noche el metro “rezuma barbacoa” y a nadie parece importarle.

De hecho, al entrar en la BBQ te dan unos saquitos de plástico para guardar los abrigos, que luego se guardan en la oquedad del taburete. Y al salir, tienen unos espráis ayudan a quitar el olor, aunque en realidad suele permanecer. Pero se asume como normal.

En cuanto a los sabores, aquí la cosa se complica, pues la gama es abundante y sería imposible describirlos todos. Pero entre las valoraciones de los que vienen a Corea por primera vez hay una constante: ¡TOOOODO PICA!

Obviamente “no todo pica”, y menos si pensamos en lo que los coreanos consideran picante, pero sí es cierto que las comidas – salvo las de los templos- son bastante potentes en sabor, y la mayoría lleva especias a las que no estamos tan acostumbrados. Por eso para nuestro paladar pueden resultar picantes o muy sabrosas.

Imagen que ilustra un curioso test de resistencia al picante (Blog Creatrip)

La paradoja es que, cuando comentan que han estado en España, suelen decir que les encanta mi país, que qué bonito, cuántas cosas que ver, qué buen clima y qué variedad gastronómica, etc. Pero siempre terminan con un… “aunque la comida está muy salada”.

No deja de resultar chocante pues, para mí – y en esto coinciden mis amigos- la comida coreana es muy sabrosa, pues usan muchos ingredientes en salmuera, mucho encurtido, mucha salsa de soja, etc. Y en cambio todos los coreanos que han estado en España te dicen que nuestra comida es muy salada. Sin duda estamos ante un caso para Iker Jiménez.

Y si a eso le añades las temperaturas, pues aquí muchas cosas llegan “literalmente hirviendo” a la mesa, la mitad, por no decir todos, tenemos la “lengua quemada”.

Mi recomendación para no morir en el intento – aunque hay gente a la que le encanta el picante- es ceñirte a la paleta cromática. De entrada, sospecha de todo aquello que veas de color rojo.

Para seguir, no “bañes” las cosas en salsa de soja. Recuerda que aunque sea un líquido marrón es pura sal líquida. Y sobre todo, pregunta antes de pedir, o si algo está en la mesa, prueba solo un poquito antes de lanzarte como un león a comer algo.

Pero que no cunda el pánico: la oferta gastronómica es infinita, y aquí puedes encontrar todo tipo de platos y restaurantes de cualquier parte del mundo, para cualquier paladar. Solo recuerda venir “preparado para la aventura” y para disfrutar sin cortapisas de la singular gastronomía que ofrece el país: sin dejarte abrumar por sus “olores y sabores”.


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