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Una reciente exposición de Tomy Ceballos, comisariada por el filósofo, doctor en Ciencias de la Cultura, y a la sazón, ese gran amigo que es Pedro Medina, oportunamente nos recuerda que “la huella es el molde de la ausencia”.

Exposición “La huella es el molde de la ausencia” de Tomy Ceballos en la Sala Verónicas (Murcia)

Además de un montaje superlativo, donde la textura del rojo satén envuelve suavemente al blanco y negro, la muestra ofrece una propuesta con mil ideas para saborear al más puro estilo “slow food”, y tan sugerente título me transportó en un segundo a otros paisajes que transito con frecuencia, como “La Huella Sonora” de Juan Perro.

También me llevó hasta las perlas que mi querido profesor Antonio Rodríguez de las Heras siempre nos regalaba en clase, como cuando decía que “la tecnología bien aplicada, siempre tiende a la miniaturización”.

Lamentablemente ya no está entre nosotros (fue otra de las anticipadas víctimas de la pandemia), pero el otro día recordaba cuando, allá por 1996, nos explicaba que en un par de décadas todos llevaríamos un dispositivo móvil en la mano con el que podríamos hacer prácticamente de todo.

Entonces, los incrédulos ojos de tantos universitarios se clavaban en él como pensando: “eso es ciencia ficción, es imposible”, pero en los más de 25 años que llevo en temas de tecnología no he visto una predicción más acertada.

La cuestión no es solo que los móviles son cada vez más potentes y efectivamente permiten “hacer todo”, sino todas las cosas que “la mobilización” se llevado por delante, pues de muchas… apenas queda ni esa huella: ni “el molde de su ausencia”.

Los últimos trágicos sucesos que vive La Humanidad, como la pandemia o la guerra, han precipitado los acontecimientos y aceleran la sensación de volatilidad. Siglos de civilizaciones parecen desvanecerse entre los dedos, y todo se antoja escurridizo, efímero, antiestático y fugaz.

Hizo falta la llegada de un contumaz virus para que valorásemos la presencia de los otros, pues a decir verdad “lo real” casi agonizaba, malbaratado a causa de las omnipresentes pantallas y de redes sociales. Asi, tremendamente gastados por la pandemia, la huella de los que no pudimos abrazar tan solo nos dejó el molde de su ausencia.

Autor: Tomy Ceballos

Y cuando parecía que empezábamos a salir de tan inmenso cenagal, en un abrir y cerrar de ojos llegó la guerra: cruenta, execrable, inútil y voraz, como todas las guerras. Aunque con la diferencia – o el absurdo añadido- de que, además, esta parece ser… “la guerra de un solo hombre”.

Pero antes de la guerra y la pandemia, quizá en una suerte de distopía anticipada, Corea ya parecía prepararse para una sociedad con cada vez menos contacto interpersonal. Por ejemplo, hace apenas una década, estaba mal visto que la gente fuera sola al cine o ir solo a un restaurante, pues era sinónimo de “ser antisocial” o no tener amigos.

En una sociedad donde los valores comunitarios o comunales tienen tanto acomodo, la importancia de hacer todo “en comandita” está siempre presente. Como paradoja, ese “ser comunitario” convive con una endiablada competencia a cualquier nivel: desde académico, profesional o de imagen, hasta de popularidad, belleza o cualquier otro aspecto relevante.

Por eso tendencias como honbap o honsul, que aluden respectivamente a ir a comer o a beber sin compañía rompieron moldes, al reinar prejuicios como que ir a beber en soledad es sinónimo de “vida rota”.

Antes de la pandemia ya había calado bastante todo lo relativo a la “tecnología touchless” (o sin contacto), aunque obviamente el coronavirus aceleró la tendencia. Si bien antes ya era normal pagar desde el móvil y sin tarjeta física ahora, por ejemplo, algunos autobuses disponen de un sistema llamado “tagless” y al subir no has de hacer nada. El propio bus se conecta con tu móvil y te cobra el trayecto del viaje.

Y no solo eso. También están en prueba los primeros vehículos sin conductor. En el caso de los coches, en algunos barrios ya opera un servicio de taxi al que puedes llamar desde una app. El coche (él solo) viene a buscarte y te lleva a tu destino, y la app carga el trayecto a la tarjeta asociada.

Incluso hay autobuses sin conductor en algunas zonas, aunque aún están en modo piloto.

A veces veo cosas tan extrañas y futuristas, que casi dan ganas de ir al doctor.

Autor: Tomy Ceballos

La otra semana os comentaba que– por primera vez en mi vida- me alojé en un hotel sin recepción. Me falta probar un hotel con recepcionista robot, que también los hay, pero hasta ahora no he tenido ocasión, aunque sí he estado en restaurantes con robot-camarero.

Y también es cada vez más frecuente ver tiendas sin dependientes. Algunas producen una sensación rarísima pues, al igual que en el bus, no has de hacer nada. Ni siquiera el gesto de acercar el móvil a un dispositivo de pago. Dan la sensación de “estar robando” pues entras, tomas lo que quieras, y te vas. Así, tan pancho. Sin ver ni hablar con nadie. Sin cajeros, sin dependientas, sin guardias de seguridad.

Aunque esa “huella que recuerda la ausencia de personas” no se da solo en las tiendas. Últimamente cada vez más cafés o restaurantes son así, al igual que las salas de estudio y los espacios de coworking: todo está pensado para cubrir las necesidades del cliente, pero sin nadie de carne y hueso.

Mientras visualizo absorto esos escenarios futuristas, pienso que las tiendas, los restaurantes, los cafés y los bares tienen una “doble función” de la que no se habla mucho hoy día, pues inevitablemente son (o eran) un punto de encuentro para socializar. Pero si quitamos dependientes, cajeros, camareros, conductores… y tantos otros que nos acompañan y nos ayudan a diario: ¿qué nos queda?

Autor: Tomy Ceballos

Inevitablemente vuelvo a Ceballos, para quien la fotografía es “un medio vivo” que se traduce en “la huella que la luz deja sobre el papel“. Y trasladando a nuestras coordenadas la metáfora de esa luz que se posa sobre Rayos X, negativos, positivos, papel o bites, me pregunto si no estaremos creando una sociedad en la que – algún día- la ausencia de los humanos será la huella de nuestro existir.

Mientras las condiciones del Planeta Tierra se vuelven cada vez más hostiles para la vida por desastres catalizados en gran medida por nosotros mismos, y mientras el potencial creador del ser humano echa un insólito pulso a su potencial destructor, algunos sueñan con “colonizar” otros planetas para cosas que se antojan tan bobas como veranear en La Luna. O con fabricar una absurda realidad metavérsica donde replicar la barbarie que no pudimos acotar en el mundo real.

Sé que la oscuridad da sentido a la luz, es parte de su esencia… y también que la enfermedad hace valorar la salud, la polución el aire limpio, el hambre la comida, el ruido al silencio y la muerte a la vida.

Solo espero que no haga falta eliminar a todos los humanos de la faz de la tierra para valorar el potencial que teníamos… los talentos, la sabiduría, los valores, todas las riquezas del ser.

Porque de algo estoy bien seguro: las máquinas no notarán nuestra ausencia.

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