TGIF!

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¡Por fin ya es viernes! O literalmente: “¡Gracias a Dios es viernes!”.

Desde que llegué a Corea, me sorprendió mucho que aquí la gente celebrara tanto la llegada del viernes. Obviamente es algo que se celebra en todo el mundo-mundial, pero juraría que aquí más, o al menos esa fue mi impresión.

Para ser honestos, en mi percepción también influyó que la década antes de venir a Corea, estuve tan ocupado que apenas notaba la diferencia entre un lunes y un viernes. A veces me pregunto cómo pude multiplicarme para llegar a tantas cosas a la vez, pero sin duda parte del secreto era “jibarizar” los fines de semana. Vamos, que mis semanas casi transcurrían sin solución de continuidad, los viernes eran como lunes, y los lunes parecían viernes.

En cualquier caso, me sorprendió que celebraran tanto geum-yoil (금요일),  viernes en coreano, día que consideran regido por el cuerpo celestial de venus.

Pero ahora todo cobra sentido. En primer lugar, porque aquí mucha gente está conectada a cualquier hora. Todo está abierto 24/7 (al menos antes del corona) y es muy normal que la gente trabaje hasta altas horas de la noche, entresemana y también los fines de semana.

De hecho, la mejor forma de constatar esta premisa es fijarse en las horas en que la gente envía los emails del trabajo, para ver que apenas hay barreras entre tareas y descanso. Todo el mundo está conectado todo el rato y el trabajo tiene prioridad absoluta, diría que “casi” sobre el resto.

Pero además, me sorprendió que lo celebraran “tan a la americana”, pues es bastante frecuente recibir TGIFs en el móvil ya desde primera hora de la mañana del viernes, bien sea de amigos, pareja, compañeros o hasta de tus jefes. De hecho, el viernes está tan marcado socialmente en cuanto al ocio, que hasta hay una palabra coreana que alude a la expresión de salir al terminar la semana laboral. La gente no suele decir “¿vas a salir hoy?” o “es viernes, ¿qué hacemos o qué plan tienes”?

No. En cambio por los pasillos, en la cafetería, en el hall o en el bus, si es viernes se escucha con frecuencia el runrún de… ¡Bulgeum! (불 금), que se pronuncia algo así como ¡Púlgum!, y literalmente significa “viernes de fuego”. Toda una declaración de intenciones…

Reconozco que nunca fui muy “animal party”, aunque tampoco necesité sustancias psicotrópicas para pasármelo bien. Pero siempre fui muy bailongo, social, musical y noctámbulo: me encantaba salir de noche, aunque sin necesidad de acabar piojo. Pero Corea es un país de extremos y no admite medias tintas. El trabajo, la actividad, el deporte, la competencia, el estudio, la comida, el frío, el calor, la lluvia, el viento, los sabores, el picante… no sé… casi cualquier cosa que podamos imaginar en este país tiende a los extremos.

Anuncian que “la ciudad va a arder” en la noche del viernes, expresión que en español equivale al clásico: “hoy la liamos parda” o mejor: “hoy quemamos la ciudad”, aunque el viernes ya viene de serie. Y a decir verdad, antes del corona la ciudad ardía. No en el sentido tan frecuentemente utilizado por el vecino del Norte de “convertir Seúl en un mar de fuego”, sino en el idioma universal de salir de marcha hasta que amanezca o más. De quemar las naves hasta donde den de sí.

Esto a veces tiene sus ventajas. Por ejemplo, no sé, en temas como la puntualidad. Llegar antes o al menos a la hora acordada se considera una señal de respeto hacia el que espera. Pero por otro lado, vivir tan al límite todo el tiempo agota bastante. Creo que por eso muchos coreanos cuando viajan a España y ven lo que interpretan como “una calma chicha”, fantasean con vivir allí pues les parece el paraíso: un sueño producto del estilo de vida mediterráneo.

Pero al comparar este tipo de cosas, y más si estamos de vacaciones, habitualmente solemos ensalzar lo que nos atrae y desterrar lo que nos irrita.

Y aunque las primeras impresiones son de alabanza, luego en secreto muchas veces confiesan que no soportaban entrar en El Corte Inglés y “tener que perseguir” a los dependientes para que les hagan caso, o sentarse en un café y “ser invisibles” diez minutos hasta que el camarero se digna a atenderles…

En cambio a mí aquí me pasa al revés: cuando entro en alguna tienda y a los dos microsegundos ya alguien te pregunta qué quieres, o tienes un dependiente pisándote los talones como en la película ‘El guardaespaldas’, agobia bastante. De hecho, la última vez que fui a un gran almacén a por una botella de vino, la persecución fue tan “cuerpo a cuerpo” que me di a la fuga sin comprar nada.

Pero volvamos a los viernes. Cuando llegué venía de una etapa tan complicada y tan volcada en obligaciones (vamos, de mucho lirili y poco lerele, jaja), que no me fue mal algo de fiesta.

En cada país la noche tiene sus claves, claro, pero salir aquí para mí fue como adentrarme en un universo desconocido. Primero porque Seúl cambia totalmente su fisonomía al anochecer, y muchas tiendas cerradas por el día, abren solo de noche. Los neones se encienden, los bares y comercios sacan altavoces con música a todo volumen, y en algunas zonas, las calles medio vacías se abarrotan de gente. En definitiva, cumplen al milímetro el eslogan “Work Hard, Play Hard” (trabajar duro y jugar duro… o salir a tope).

Claro que… el corona ha cambiado bastante este escenario y ahora las calles “arden menos”. En cambio se ven más parejas, o gente haciendo planes más tranquilos, pues la coyuntura actual no da para más…

En cualquier caso, en el próximo episodio os invito a salir por Hongdae para revivir un viernes de fuego. Por hoy, os dejo con un mega éxito de hace unos años que en Corea suena cada dos por tres: una baladita a tempo medio que es casi un himno para las parejas… y además… ¡toda una oda al viernes!

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