Tren a Busan

(Disponible en pódcast)

Mientras escribo estas líneas el mundo parece haber entrado en una espiral de violencia irreversible, pero tengo un par de días libres y, por primera vez tras meses de intenso trabajo, me planteo hacer una escapada.

Obviamente no son las mejores circunstancias para relajarse, pues desde hace casi dos semanas todos vivimos con un nudo en la garganta… Pero finalmente llego a la conclusión de que si a un tipo cómodamente sentado en su poltrona le da por apretar el botón de “Fin del Mundo”, poco puedo hacer al respecto. En cambio, ver el mar me aportará buenas dosis de calma, sosiego y serenidad, algo que nunca sobra.

Así que, tras valorarlo unos instantes, entro en la app de KTX y compro un billete de Tren a Busan. Pero nooo, tranquilos… que este episodio no va de zombis. Aunque próximamente Hollywood lanzará un remake, bastante terror tenemos como para abundar en temas desagradables, aunque… inevitablemente escribo desde el peso de la gravedad que nos rodea.

Es más, durante días – al igual que todos- tengo el alma encogida.Apenas podía escribir nada por el bloqueo… pero luego pensé: ahora que aún estoy vivo, mejor dar un rato de paz a mi alma.

Entro en una app de reservas y encuentro un hotel no muy caro cerca de la playa que parece tener buenas vistas. En dos o tres clics confirmo la reserva y al momento me llega un link que (según el mensaje) es la llave de mi habitación. Solo eso ya me intriga pues dice que no hay recepción, algo que para mí es toda una novedad.

Al terminar mi jornada tomo el metro hacia la estación de Seúl. Corea acaba de desactivar el uso de código QR obligatorio para entrar a los sitios, pero me sorprende poder subirme al tren sin ningún tipo de control. Nadie en todo el trayecto me pide el billete, no sé si porque saben que los coreanos pagan religiosamente, o porque han instalado algún sistema digital que controla los asientos.

El caso es que, tras mecerme en un suave ronroneo durante dos horas y media o algo más, el KTX me deposita suavemente en la estación de Busan. Decido tomar un taxi porque es tarde y me gustaría llegar antes de que cierren los restaurantes. El toque de queda es a las 10. El taxista toma una ruta distinta a mi favorita – intuyo que cambia perspectiva por rapidez- pero igualmente alcanzo a ver la estampa del puerto iluminado, y al menos llego a tiempo de cenar.

Al entrar al hotel, pulso el link del mensaje y una web me muestra el número de habitación asignada y la clave de acceso. Es otro de esos momentos en los que he de pellizcarme para confirmar que no es un sueño futurista.

Un ascensor ultramoderno me lleva en segundos a la planta 24 y, tras marcar el código, accedo a la habitación sin problemas.

A menos de un metro me sorprende un cartel que me recuerda que he de quitarme los zapatos. En Corea los zapatos jamás entran en casa y se dejan siempre en la entrada, pero aquí, en vez de un espacio físico, hay una pegatina.

De todos modos, ya tengo integrada la costumbre de quitármelos. Por suerte… la publicidad no engañaba y, efectivamente mi habitación ofrece una panorámica increíble.

Además del toque futurista de enviarme la llave en un mensaje de texto, me sorprende una máquina digital donde metes la ropa y le quita todos los gérmenes. Es la primera vez que veo una en un cuarto de hotel, aunque sé que hay una igual en muchos hogares coreanos. Solo explorar la máquina me lleva un buen rato y un nuevo pellizco.

Qué curiosa es la vida, pienso… Hace solo unos días, combatir los gérmenes era nuestra mayor y más urgente preocupación. Ahora, lo que nos preocupa – y no es  baladí, pues el futuro de la humanidad está en juego- es ver como muchos inocentes intentan esquivar las balas.

Tras un descanso reparador, instintivamente mis pies se dirigen al templo Yonggungsa, mi favorito de Corea, quizá porque está sobre un acantilado y el mar de fondo le otorga cierta singularidad.

Antes solía venir por mi cumpleaños, pero hace años dejé de hacerlo, pues en mi última visita estaba tan repleto que anulaba todo intento de buscar algo de armonía.

Esta vez, quizá por el corona, no había tanta gente y pude hallar un huequito para encender una vela y pedir por la paz mundial. Quizá muchos piensen que eso no sirve de nada… pero la luz de una simple vela, podría bastar para iluminar las más oscuras conciencias.

Lamentablemente los templos, los museos, los restaurantes, los conciertos y la vida en general, se han convertido en coto de caza de youtubers e instagrammers.

No sé bien en qué momento se produjo esta capciosa y subrepticia mutación de los humanos en “yonkis del like”, pero el otro día hasta vi a un tipo haciendo un Live desde Ucrania confirmando los ataques con una sonrisa de oreja a oreja. Su contador de visitas debía echar humo y eso activó la dopamina en su cerebro, haciéndole olvidar que hablaba de una cruenta guerra.

Con el fantasma de esa guerra a cuestas, como una invisible pero pesada mochila de asalto, salí del templo y agradecí al universo no estar en esa contienda… aunque viviendo donde vivo, es un riesgo siempre latente. Pero de eso os hablaré otro día (si los señores de la guerra nos dejan existir).

Pese a todo, mi paseo por el templo y ese ratito de meditación me ayudaron a elevar el ánimo, y recalé en un rincón de pescadores, lo más parecido a Amigo, Camilo, uno de mis restaurantes favoritos de Las Palmas que he podido encontrar por aquí.

Unas señoras venden pulpo y otros mariscos en unos improvisados puestos en la calle. Me animan a comprar, pero no tengo dónde cocinarlo.

En vez de eso, subo a un restaurante con vistas al mar y recuerdo lo afortunado que soy de poder sentarme en una terraza y ordenar un menú.

Pienso en esa mucha otra gente que, al igual que yo, tenía una vida hasta ayer. Ahora ya no. Y en el mejor de los casos, solo tienen incertidumbre por delante.

Pido un pescado y, mientras sigo absorto en mis pensamientos… ¡PAM! Un golpe de viento abre de sopetón las cristaleras de la terraza, y la puerta impacta contra una mesa, tirando algunos enseres.

Entre lo inmerso que estaba en mis cosas y la situación mundial, ese sobresalto valió por tres.

Como un resorte me levanté para intentar cerrar la puerta, gesto que la dueña del restaurante me agradeció trayéndome un plato con unas larvas de aperitivo (por mis servicios, intuyo).

Con una reverencia le agradecí el detalle, aunque… ¡Ups! Ahí se quedaron, pues hasta la fecha, en todos estos años no he sido capaz de probarlas…

Después, aunque hacía mucho viento, di un paseo bien largo por la playa. Imbuido por esa aura de meditación que me traje del templo, sentía cada pisada con una entereza y conexión con la tierra que me invitaba a flotar. Hacía tiempo que no me sentía tan vivo… era como si cada paso reafirmara mi existencia.

Entonces, deseé con todas mis fuerzas que el sinsentido de la violencia – para mí la violencia siempre será un sinsentido- terminara lo antes posible.

Del ensimismamiento me sacó una bandada de gaviotas reidoras que planeaban entre la playa y la avenida. Parecían indecisas. Como cuando un grupo de amigos queda y no se ponen de acuerdo sobre a dónde ir a tomar algo.

Pero por fortuna en la playa no había mucha gente, algo que contrastaba con los restaurantes cercanos y, sobre todo con el mercado tradicional.

Entre la guerra y la no obligatoriedad de presentar el código QR para acceder a los sitios, por unas horas me olvidé por completo del ómicron… No, si al final va a tener razón mi abuela cuando decía aquello de “algo vendrá que bueno te hará”. Claro, comparado con la amenaza de Rusia, el ómicron, que lleva dos años poniendo en jaque al planeta, parece como de Mickey Mouse.

Tras dos años de vida bastante ermitaña, ver a tanta gente junta me echó un poco para atrás y mi visita al mercado tradicional fue “como la del médico”, pero suficiente para ver cómo ha cambiado el ambiente por Busan los últimos años.

Me sorprendió, aún no sé si para bien o para mal, el complejo de LCT a pie de playa. Donde años antes solo había unas grúas, como esqueletos de una obra que por alguna razón permanecía momificada, ahora se alzan varias torres futuristas, la más alta de 101 pisos, justo al borde de la playa.

Es la primera vez que recuerdo haber sentido vértigo mirando hacia arriba, aunque reconozco que, de noche, tiene su encanto. Se integra con soltura en ese magma futurista del nuevo skyline de Busan, algo que nuestro imaginario siempre asocia con Blade Runner, aunque… vamos a tener que actualizar las metáforas visuales, porque tal y como está el mundo, todo va camino de convertirse en MadMax.

Antes de que todo se pierda, pequé de “instagrammer advenedizo” y tomé unas fotos en una terraza con un WC al aire libre (no comprobé si funcionaba o era de adorno), y me fui a dormir con el corazón repleto de emociones encontradas, con el runrún de “nuestros actos tienen un gran impacto a cada nivel”.

Si el urbanismo se lleva por delante los puestos de esas señoras, les quita su medio de vida. Si de pronto levantan un edificio de cien pisos junto al mar, privan de las vistas a todos los de atrás. Y así con todo, a mayor o menor escala, nuestros actos impactan directamente en nuestro entorno. Aunque no sé si los que viven en esas cajas acristaladas serán muy felices, y menos al ver el cartel que indica la ruta de evacuación en caso de tsunami.  

En fin, entre esos dimes y diretes… caí rendido. Al día siguiente amanecí pronto. Hacía un sol radiante y fui a caminar por la playa. Había un par de maletas solas y guarecidas en un rinconcito mientras los dueños iban a pasear junto al mar. Por supuesto, nadie tocó nada. Poco después, vi a un chico inmensamente feliz por lo que llevaba en la mano. No, para mi sorpresa no era un móvil, sino una bolsa de… ¡canicas!

Por algún absurdo motivo, ese par de consecutivas estampas me devolvió la fe en la humanidad.

Miré el reloj y eran casi las once. Pulsé “el botón rojo” de la web del hotel en mi móvil y al instante llegó un mensaje confirmando el check-out.

Sin duda vivimos tiempos extraños, pensé… Con la misma facilidad que uno deja la habitación del hotel apretando un botón, otro a miles de kilómetros con ese mismo gesto puede acabar con el planeta.

Antes de partir hacia la estación, miré al cielo y pedí al universo que detenga esta masacre. No, no soy ingenuo. Ya sé que la historia se ha escrito con sangre.

Tampoco tengo miedo a la muerte, pero amo demasiado la vida y nadie, repito nadie, tiene derecho a cobrarse ese precio, al margen de “hipotéticas razones” o enquistados argumentos.

Con frecuencia se suele aludir a la coletilla de: “parece mentira que esto pase en el SXXI”, pero si hay algo innato al ser humano es la ambición, la codicia. Las sempiternas ganas de someter a otros por la fuerza.

Ojalá “los amos del mundo” comprendan el mensaje de una vez por todas: ¡Queremos paz!

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