Basurama

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Me ha costado encontrar datos fiables y actualizados sobre cuánta basura producimos a diario en el mundo.

Datos he hallado muchos aunque bastante dispares, pero me ha parecido fiable un informe el Banco Mundial que situaba en 3,5 millones de toneladas diarias solo los residuos plásticos allá por 2018, cifra que con la pandemia podría fácilmente situarse en 5 millones.

Personalmente, siempre intento ser considerado y generar los mínimos desechos posibles, pero nunca hasta que llegué a Corea caí en la cuenta de cuánta basura producimos cada uno.

Entre otros motivos, porque aquí obligan a separar las basuras religiosamente. Si os parece complicado los de tener tres cubiletes en casa para separar, dejadme que os diga que en este tema en España vivimos en Wonderland.  

Un día, por mera curiosidad, conté hasta 16 tipos de apartados al tirar la basura, en función de si son papeles, plásticos (bolsas o envases por separado), ropa, electrodomésticos, vidrio, poliestireno, latas vacías, cartones, revistas o libros, pilas, botellas, zapatos y mil cosas más, con capítulo aparte para la basura orgánica.

Aún recuerdo mi primera vez… Bajé todo ingenuo a tirar mi bolsa de basura. La dejé junto a otras que vi apiladas y volví a casa tan feliz. Pero como todos sabemos, la felicidad es efímera.

Apenas cinco minutos después, el ajeossi (아저씨/señor) del gyeonbisil (경비실), un híbrido entre guarda, conserje y señor de mantenimiento que pone orden en el bloque desde el epicentro de su garita, aporreaba mi puerta casi como si hubiera un ataque nuclear.

Asustado, abrí pensando que quizá era un loco, pues gritaba como un poseso. Pero para mi sorpresa, era el guarda con mi bolsa de la basura en la mano, quien, con un gesto no demasiado cortés, “me invitaba” a quedármela.

Fue uno de los primeros choques culturales que tuve aquí, porque no había manera de explicarle, ni en plan cherokee ni con señales de humo, que había tirado la bolsa precisamente porque no la necesitaba.

La escena duró menos de 30 segundos, y terminó con el señor de vuelta a su garita y yo con la puerta cerrada y la basura dentro. De nuevo. Fue como de dibujos animados.

Salvo por “la reprimenda” me pareció hasta cómico. Aún nervioso por lo absurdo de la situación llamé a un amigo, quien amablemente me explicó que había cometido múltiples “errores de principiante”.

En primer lugar, no puedes usar cualquier bolsa para tirar la basura. Has de comprar unas bolsas especiales el súper (son muy baratas) para separar algunos residuos. Esos céntimos ya contribuyen a tomar conciencia de la basura que generas pues hay de varios tamaños (en litros) y según haya uno, dos o veinte en casa, produces más, pagas más. Tampoco se puede tirar cuando quieras: hay días y horas fijos.

Para seguir, me explicó las múltiples separaciones y “preparado” de cada cosa que tiras para poder “deshacerte” de tus basuras. Por ejemplo, hay que lavar bien cosas como los cartones de leche o de zumo, las latas de atún, etc., antes de desecharlos. ¿Lavar un brik? ¿Lavar una lata vacía? Sí. Lavar un brik. Sí, lavar una lata vacía. Y cien mil cosas más.

Sobre todo, la regla sagrada es no mezclar tipos de residuos. Y en caso de duda, preguntar. Esa vez pude solucionarlo por novato, pero si reincides te puede caer una simpática multa. Y no es baladí: de hecho hay múltiples guías para aprender a tirar la basura.

Al conocer un poco más el sistema de reciclaje y deshecho de basuras coreano, me quedé asombrado. Incluso las zonas más modernas hasta tienen unos cubos de basura digitales que te cobran al peso. Basta poner tu clave o tu tarjeta al depositar la bolsa. Sí, vivimos el futuro.

En contraste me sorprendió que, gestos tan anodinos como preguntar si necesitas un tique antes de imprimirlo, y os aseguro que aquí hasta los tiques del café son XXL, están empezando a llegar, pero no eran tan comunes hace diez años.

También me sorprendió enormemente ver cómo las frutas en los supermercados – y no solo las frutas, sino muchas otras cosas- venían con más protección que el acorazado Missouri.

Cada pieza venía envuelta en papel fino y luego en una cestita, como una malla de plástico. Después, si había 4 piezas, por ejemplo, venían en una caja de plástico con 4 oquedades, luego envuelta en otro cartón y quizá con un retractilado más. Vamos, que de milagro veías la fruta.

Eso me pareció un tremendo dislate, y siempre que podía intentaba ir al mercado tradicional, pero no siempre hay tiempo o quedan lejos. Aún así, ahí empezó mi cruzada personal de no comprar nada con más de dos capas.

Por compensar, diré que las personas son ahora mucho más conscientes que hace diez años, por ejemplo con cosas como los vasos de café. De hecho, han aprobado una ley que prohíbe su uso en grandes franquicias, cadenas de panaderías y cafeterías a nivel nacional, aunque con la pandemia por ahora está en suspenso.

Cada vez más coreanos se preocupan por el medio ambiente y hacen quedadas de voluntarios para limpiar parques, senderos, las orillas del río, etc. Ese movimiento se da en muchos otros países y también en España, donde por ejemplo la gente queda para limpiar las playas, pero la diferencia es la frecuencia. Aquí es semanal y casi hasta diaria.

Recientemente, al igual que en otras partes del mundo, se ha puesto de moda el plogging, esa práctica de ir a correr o a caminar al tiempo de ir recogiendo los desperdicios que encuentras por el camino. Poca broma: aquí hay hasta clubs y hacen frecuentes quedadas para limpiar lo que otros ensucian.

Además, desde hace unos años han prohibido la venta de bolsas de plástico en tiendas y todos llevamos nuestra bolsita, por si de pronto necesitas llevar algo. Y mucha gente va con su termo por ahí para no usar vasos desechables. Algo es algo.

Obviamente no es un tema sencillo como para plantear en un par de páginas, pero diría que van bastante avanzados en cuanto a reciclaje y gestión de residuos, aunque también generan muchísima basura que podría ahorrarse, como los mencionados tiques, o al usar tazas o vasos normales en los cafés, por mencionar dos gestos básicos.

Pero por no señalar a nadie, empezaré por mí. Cada semana me sorprende ver cómo, pese a vivir solo, genero al menos una bolsa grande de residuos (que luego separo), sin contar la basura orgánica o las servilletas que van aparte. ¡Mamma mía!

Ahora multiplica eso por 52 millones de personas, y añade la refacción de aquellos que no cuidan tanto o no son tan conscientes del medio ambiente. ¡Te sale un quintal!         

Ciñéndonos solo a Seúl, la capital, que acoge a unos diez millones de almas, sin contar a los otros catorce que viven en el área metropolitana, ya en 2019 generaba más de 9 mil toneladas de residuos al día.

Sin embargo, también tiene uno de los programas de reciclaje de residuos más rigurosos del mundo y unas normas de gestión de residuos sólidos de primer nivel, con tarifas de eliminación de desechos en base al volumen, un sistema de reembolso de depósitos para ciertos envases, responsabilidad ampliada al productor, y prohibiciones sobre artículos y paquetes de plástico problemáticos, por mencionar solo algunas de las medidas que más han contribuido a reducir residuos desde 1990.

Sinceramente, me cuesta creer que algún día puedan lograr el objetivo de “residuos cero” que tienen como meta – esto es una percepción universal, no solo para Corea- pero puedo decir que aquí cada vez hay más conciencia por preservar el planeta.

De hecho, según datos de 2019 presentados en el Foro Económico Mundial, hace unas décadas Corea apenas reciclaba un 2% de sus residuos orgánicos, pero en 2019 tomó la delantera llegando a la increíble cifra del 95%.

En ese año Seúl ya contaba con 6.000 contenedores automatizados equipados con básculas de identificación por radiofrecuencia (RFID), que pesan los desechos de alimentos al depositarlos y cobran a los residentes mediante tarjeta o con una simple password. Las máquinas de pago por reciclaje redujeron el desperdicio de alimentos en la ciudad en 47.000 toneladas en seis años hasta 2019, según el Ayuntamiento.

Lastimosamente, tal y como está el mundo parece que todo juega en contra de la humanidad, o mejor dicho: la humanidad juega en contra de la humanidad, y la batalla contra los residuos y la destrucción del medioambiente se antoja una batalla perdida.

Pensando en tan elefantiásico problema, como primera medida recordé uno de los refranes de mi abuelo: “no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia”.

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